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Nov 28 , 2007 11:49 am |
[ Estado de Humor: Enamorada ]
Hola:
Te comparto un...
ONÍRICO NAUFRAGIO
Te atisbé justo anoche, con un arribo de cierzo, y es que, abrir de pares la ventana con la venia del ocaso, se me ha convertido en un rito místico de evocación a tu presencia, en una oración silente, en el clamor de mis venas abigarradas de tanto no asir siquiera tu imagen, tus colores, aromas ni texturas, como un fantasma que, profano escapa para violar la paz de mi santuario.
Eres el sueño que, arropado en la penumbra, crispó mi piel en trocitos de chipichipi que tu boca transmutó en tempestad. Eres la calma de un pensamiento de que pronto muta en marejada y pone la fragilidad de mi nave a plena disposición... ¡¡Capricho de los vientos!!
Eres la brújula que se me ha perdido, la estrella que oculta el nubarrón, el ansia que me separa de puerto y el deseo de fenecer en la profundidad sin límite de los océanos, como un tributo a la marítima deidad que anuncia tu inquietante cercanía.
Eres la luz de un faro que, lejano, delimita un colosal acantilado. Eres la velocidad vehemente que me acerca sin piedad, sin resquicio de duda al irremediable naufragio... Eres mi perdición, mi fatua muerte, la hoja de hoz que siega mis días en cosecha de huracanes, eres un alfa y omega que aún no invade territorio más que en mis inquietos... Delíricos por ti... Soñares.
Besos y abraxos.
Publicado por: Ericka_Villegas
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Ago 18 , 2007 8:46 am |
Un cuento de fantasmas:
Ay de la memoria. A veces, aún hoy, luego de rebasar el último umbral en las distancias, no puedo evitar preguntarme dónde reside esa percepción de que el mundo carece de tiempo. Por qué, si la dejamos, nos lleva a vivir en el pasado, en una especie de múltiples presentes eternos que, a manera de espejos, confunden el hoy con numerosos ayeres travestidos.
La memoria, ahora lo sé, es el afán de los momentos muertos por regresar de ultratumba, acaso, y la más de las veces, para cobrar venganza a nombre de los destinos burlados. Todavía puedo recordar con la frescura de recién acontecida, la historia de mi más negra desesperanza. Sea pues, hoy contada para ustedes.
Puedo rememorar el frío que calaba como garra de ausencia mi desnudo espíritu, aterido y desesperado. Llego a casa y noto que ahí sólo impera la soledad. Nadie hay que me espere, nadie que acompañe. Mi madre y hermana debieron salir como siempre, y como siempre, son una eterna ausencia susceptible de excepción que, sin embargo, hoy prevalece.
Mi cuerpo arde en fiebre a pesar de que la noche amenaza con helada. Nada hay que confunda tanto como llevar tea en las venas y en el alma, glaciar. Mi cabeza estalla en un dolor que me abstiene de cualquier otro pensamiento, incluso de la intención de gritar. Tiemblo incontenible, lastimosa e intensamente. Me dirijo a mi habitación buscando lo que sé, es el único remedio al malestar que sádico me aqueja. Mi respiración es agitada. Voy al cajón y, jadeando, tomo la hipodérmica, la liga y la mágica sustancia capaz de brindar sosiego a mis venas que claman por su ausencia. Mis movimientos son frenéticos, desesperados. Cierro los ojos al sentir la aguja penetrar directo al antebrazo y percibo la invasión líquida directo sobre mi torrente sanguíneo.
Busco paz, pero algo no ha salido bien ésta noche. El calor corporal aumenta incontrolable, aunque mi soledad es más gélida a cada momento. Corro, me desespero y noto que mi habitación ha tornado en cuarto menguante. Siento su punzada lacerando mi distancia, mi espacio, mi ansia de libertad. Corro a la ventana.
Abro las hojas del balcón para permitir el arribo de la noche. La seduzco, le invito a venir como lo haría con una amante idolatrada, pero ella se resiste y muestra su grandeza. Quiero ir, soy yo quien decide permitirse transgredir espacio ajeno. Desespero por el encuentro con la libertad y solamente pienso en ser parte de aquel cuadro plagado de estrellas. Abro los brazos y siento que mi corazón es el lucero pródigo de que adolece el firmamento, mientras que yo, soy el vacío, el pesado lastre de mis propios deseos.
De nuevo soy consciente del ardor que me abraza, de nueva cuenta mi mundo se reduce a un inclemente dolor de cabeza. Me alejo del balcón y enfrento mi temor al claustro. Soy todo dolor y giro, giro, giro sobre el eje de mi desesperanza. Ardo y quiero mitigar este sofoco. Me desprendo de toda mi ropa. Quién pudiera arrancarse la piel misma cuando el cuerpo incandesce en furia bajo el imperio de la fiebre.
No lo pienso más, me dirijo a la ventana y salto deseando elevarme, buscando ser ángel, parte de aquel espacio estrellado. Quiero transmutar en estrella, cubrirme de luz... estrellarme, estrellarme, estrellarme…
Me siento caer, me alejo, raudo de la inmensidad que ansío. Escucho el golpe de mi cuerpo, seco contra el pavimento de la acera y ya no ardo más, sino me hielo, mientras este dolor absoluto, inmitigable, tiñe de rojo mi conciencia. No puedo ver lo que sucede alrededor de mí, porque me duelo, pero sé, me doy cuenta que mi cuerpo no se dibuja contra la faz nocturna de la elevación, pero sí, como un macabro escollo de banqueta. Soy ahora una tragedia que se exhibe para que todos la vean. ¡Me he estrellado!
Escucho voces, gritos de miedo y de sorpresa. ¿No saben de mi dolor? Mi nueva sensación es de intenso frío. No quiero escuchar, el dolor en mi cabeza me perturba ¿No lo saben? ¿No lo ven? El viento de las 4:00 de la mañana me azota con rabia, pero ya no me estremezco. Mis ojos fijos contemplan impotentes la inmensidad del cielo, rogando venga y me recoja. Nada sucede, el cielo decide no apiadarse de esta miseria que soy y escojo abandonarme al sino.
De pronto el mundo se torna en blanco. Alguien ha colocado una sábana sobre mí, para cubrir mi obscena desnudez ¿Acaso mi escena brutal de muerte? Noto murmullos. Seguro que la ambulancia no tarda en venir por mí.
Pronto percibo la sirena y me doy cuenta de que alguien me recoge. Sin embargo, me ocurre algo extraño. Me incorporo y de nuevo miro la calle iluminada por influjo eléctrico. Observo a los curiosos y a los paramédicos colocando un bulto dentro de la ambulancia. Me adivino en él y grito: —Hey, estoy aquí, no me han levantado completo. Que me quedo. No se lleven eso. Tengo frío. Se siente tan helado cuando te han amputado la piel".
Nadie me escucha, empero. Se marcha la ambulancia calle abajo y los curiosos se dispersan. Hay tanto que hacer por la mañana ¿para qué perder el tiempo? Me quedo solo, desnudo y terriblemente dolorido en medio del ocaso, con el filo aún distante de la madrugada a mis espaldas.
Sin nada que hacer, sin más decisión que tomar, opto por volver a casa. Arrastro los pasos, pero tengo la sensación extraña de no estar donde me pienso. Me llevo las manos a la cara. Sollozo hasta caer rendido al sueño o... No sé, algo similar, pero distinto. Mi conciencia, lo que soy, se diluye con la ligereza de un sueño justo cuando los albores se dibujan iluminando mi ventana.
Aquí estoy de nuevo, preso del dolor y el frío. Mi casa está llena de gente, pero luce más sombría que nunca. ¿Seré yo acaso quien todo lo ve en penumbra? Ahí está mamá y más allá, Estela, mi hermana menor. Distingo entre la multitud a mis amigos y gente conocida, pero siento vergüenza de mi ridícula desnudez, de mi dolor. No quiero que me vean, tengo claro que cuchichearon sobre mi salto todo el día y no quiero ser el blanco de las miradas indiscretas, de las acusaciones tácitas, como la vez en que, borracho, me lié a golpes con el vecino del 13.
Tengo miedo, tiemblo, duelo. Me arrodillo buscando consuelo de frente al crucifijo de mi devoción y, con un hálito de voz helada, con los ojos cerrados, con una desesperación que me roba el aliento, clamo al cielo:
"Dios te salve María. Llena eres de gracia
El Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres
Y bendito sea el fruto de tu vientre: Jesús.
Santa María, madre de Dios. Ruega señora por nosotros
los pecadores, hora y en la hora de nuestra muerte, amen.
Dios te..."
¡Ya! ¡Ya no más! ¡Ya no más! Lloro, sollozo y grito con la fuerza de mi miedo y las voces cesan. Los rostros incrédulos se miran como buscando la confirmación de que todos escucharon lo mismo. Yo callo, estoy más asustado que nunca. Los concurrentes se despiden nerviosos y en casa finalmente sólo se queda mi familia. Ambas están nerviosas, dolientes, fatigadas, pero ninguna duerme. Resguardan el féretro que está en mitad de la sala y yo las miro llorar en silencio. Quiero acompañarlas, pero sé que hoy lo último que quieren es sentir cercana mi presencia. Vuelvo al cabo de un tiempo, lentamente, sin desearlo y casi sin percibirlo, a la bruma, de donde debí venir.
¡Qué vacío se está quedando el pasillo que lleva a mi departamento! La gente sube deprisa a los pisos siguientes. Lo saltarían si les fuera posible. ¡Y qué solas se están quedando mi mamá y Estela! ¡Qué calladas!
Yo rondo en silencio, protegiéndolas, buscando su compañía, pero pretendiendo no darme a notar. Velo sus sueños sin atreverme a cruzar el umbral de sus dormitorios. Estela no duerme esta noche; me topo con su puerta entreabierta y noto que la está mirando. De pronto se sobresalta y llora, grita desesperada y enciende la luz. Yo corro, aterrado, alejándome de las habitaciones. Pareciera que... Sí... que me hubiera visto. Lloro, grito, pero me doy cuenta que me escuchan. Pueden verme y oírme, pero sólo como una figura diáfana, como a una alucinación. Prefiero callar y convertirme en lo que soy; apenas una sombra.
Saben que estoy y sé que saben, pero nadie dice nada durante varias noches. Por fin, Estela, estando sola en casa, escucha uno de mis ruidos involuntarios. Tiembla, pero camina decidida en mi búsqueda. —¿Carlos?— Susurra. —Carlos ¿Estás ahí? ¿Qué quieres? ¿Qué necesitas de nosotras?— Avanza lentamente, pero sin retroceder un paso. Abre los ojos hasta casi desorbitar. —Carlos. Tienes que ir hacia la luz. Ve hacia la luz, hermano. Ve hacia la luz.
¿Luz? ¿De qué clase de luz me está hablando? Yo sólo sé de oscuridad. No comprendo, quiero que me explique. Ella parece saber más que yo sobre lo que sucede. No puedo evitar traicionar un impulso, me sorprendo a punto de llamarla, pero solo alcanzo a articular una sílaba antes de lograr contenerme: —Est...— Demasiado tarde. Ella me escucha, pierde todo su aplomo para después salir corriendo y gritando de casa.
Las siguientes noches son terribles. Ni mi madre ni mi hermana vuelven. Todo el mobiliario de casa ha desaparecido y los huecos de las paredes desnudas son mi recoveco, mi refugio, la prisión de ésta extraña libertad degenerada en que me siento flotar sin más remedio.
Paso las noches vacías llenando con la imaginación los huecos de lo que fue mi vida. De pronto, invento que el departamento se llena de luz y devuelvo la vida a los escenarios. Puedo ver nuevamente la sala iluminada y a mi madre tejiendo sentada en su sofá. Miro a Estela deprisa (Siempre tiene prisa) entrar a su habitación sólo para cambiarse de ropa, y salir, casi sin reparar en nuestra presencia. Todo es como si ocurriera de nuevo. También recreo las tardes de soledad, mis tristezas no compartidas. Vuelvo una y otra vez con la memoria a los días dulces y las tardes aciagas. Siento una mezcolanza extraña entre dulzura y desconsuelo, tal y como en aquellos tiempos. Diríase que vivo ahí, diríase incluso que vivo. El recuerdo es una trampa, no puedo salir. Es como si representara una escena de tragedia una y otra vez, con un dolor añejo rociado por lágrimas jóvenes. ¿Para qué quiere la crueldad servirse de un infierno en llamas, si el recuerdo es una tortura letal? Este dolor, esta añoranza, me muestra el verdadero significado de la palabra "penar". Estoy en pena.
A veces me asomo a la ventana que da al pasillo, desde la cocina y sorprendo miradas atisbando desde los pisos superiores. Sé que los vecinos indiscretos notan mi silueta. Se pasman, aguzan la vista tratando de enfocar y confirmar si es cierto que realmente estoy aquí. Procuro no moverme, y es que, sé que mientras no les conste, me dejarán en paz. En todo este tiempo no he dejado ni un momento de tener frío ni de estremecerme de migraña. Prefiero que me dejen descansar.
Algunos niños, durante las primeras horas de algunas noches, se acercan y susurran mi nombre; preguntan si estoy en casa. Los escucho, pero nada respondo. Me aterran, acaso más de lo que yo mismo podría hacer con ellos.
Pierdo la noción del tiempo. Pronto, todo el mundo parece olvidarse de mí, pero yo me aburro, enloquezco. Se dice que los seres humanos son (o somos, ya no lo sé) entes sociables y llego a un punto en que ansío contacto. Sin poder contenerme, salgo a buscarlo y me paseo por el pasillo desierto, aguardando con una suerte de morbo similar al de un exhibicionista que espera ser sorprendido en pleno acto de masturbación.
Al principio me escondo en arranques de pudor cuando noto que alguien puede mirarme, pero en cierta ocasión percibo llegar a una mujer sola y decido abordarla. Es joven, absolutamente desconocida. Me dejo ver y ella se queda inmóvil, trémula, no alcanza a articular palabra, pero me mira sin parpadear siquiera.
Justo en el momento en que quiero hablarle, me percato de que olvidé la lengua. Hay tanto que quiero decir y no encuentro un código que me permita hacerlo. Balbuceo palabras sueltas, tiene que saber de mí al menos lo más apremiante:
—Frío... Dolor... Cabeza— Me señalo la herida que se mantiene abierta en la sien. (Otro recuerdo congelado) —Miedo.
Ella por fin, como reaccionando a mis palabras, grita, corre con desesperación y llora. Está histérica. Mientras tanto yo regreso a casa. De pronto recupero la conciencia. He actuado mal. Jadeo, lloro con la fuerza de mi desesperación. Qué me importa que los demás me escuchen. Seguro estoy que aquella noche, mi llanto recorrió cada rincón del edificio provocando angustia, pasmando a todos de miedo, flotando, siniestro, como si se tratara de un ángel de calamidad.
Esta noche descubro cosas curiosas dentro del departamento. Lo primero que llamó mi atención fue hallar una veladora encendida en cada ventana, pero lo más significativo es que están por dentro. Alguien entró a colocarlas. Se percibe en el ambiente un aroma a incienso, a parafina. Es casi como el ambiente sacro del templo al que asistía a misa durante mis años de infancia. Aspiro, percibo con delicia. Noto que los pabilos no están muy gastados. No hace mucho que encendieron las velas. Ahora escucho murmullos, como si alguien rezara justo en... en lo que fuera mi habitación. No sé qué hacer. Sentir una presencia extraña, ajena, puede resultar igual de aterrador para ambos lados del espejo cósmico que separa la vida de la muerte. De nuevo siento miedo ante la amenaza de lo desconocido.
Abro con sigilo la puerta de mi habitación y atisbo. Una mujer, dentro, está de rodillas pero no ora, más bien, parece que siguiera los pasos de un ritual. Se congela de pronto, parece que ha sentido mi presencia. —En el nombre de mi amada presencia. En el nombre de mi amada presencia— Le escucho decir. No entiendo a qué se refiere, pero sospecho que es una invocación. —Estás aquí— Continúa, exaltada. —Estás aquí— De pronto fija sus negros ojos en mí, se sorprende, pero no se asusta. Yo me paralizo, no sé como reaccionar. Ella comienza a pronunciar conjuros en una lengua extraña y desde su posición en el suelo, danza con mucha lentitud y poca gracia.
Antes del salto las mujeres de su tipo me asustaban, pero hoy estoy tan solo, tan ávido de contacto que me olvido de todo lo que no sea esa tabla de salvación. Me acerco y ella deja de bailar. Sin levantarse extiende las manos, como dándome la bienvenida, como si quisiera darme un abrazo. Me detengo a poco más de un metro de la desconocida y nos miramos sin pestañear. Ella encoge los brazos y los cruza sobre su pecho. Se hace un silencio pesado. Odio el silencio; estoy harto de callar. Comienzo a llorar herido por ese vacío de palabras y sin poder contenerme más, lo rompo.
—Miedo. Frío. Dolor. Mucho.
Ella parece enternecerse. Hace tanto tiempo que no contemplo una mirada semejante. A veces pienso que todo lo que fue mi vida se dio en una alucinación, en un sueño del que, al despertar, las imágenes se recuerdan desdibujadas, absurdas e incoherentes.
La mujer vuelve a tenderme los brazos, pero yo no me muevo.
—Frío. Miedo. Cabeza. Ayyyyyyyyyyy
—¿Quién eres?— Pregunta. —¿Desde cuando estás aquí? ¿Cómo sucedió?
Sé que se refiere al salto, así que señalo hacia el balcón.
—Ventana... Calor...¡ Fiebre!... Caída… ¡¡Mucho dolor!!
—¿Por qué no te has ido?— Responde. —¿Por qué no has seguido hacia la luz?
¿Otra vez la luz? No sé qué decirle. Entre el dolor y mis recuerdos no he visto nunca más que bruma. Quiero decírselo, pero no sé cómo. Me señalo la herida en la cabeza y, a continuación me abrazo.
—Dolor... Frío... Tanto frío. ¡¡Ayyyyyyyyyy!!— Me encojo, me arrodillo. —Desnudo. Oscuridad.
Ella se levanta y se para frente a mí. Observa mi cabeza herida con la atención de un médico. Me mira de arriba abajo, lentamente, escrutando, pero yo no tengo miedo, casi podría decir que me reconforta. Le agradezco profundamente desde mi silencio.
—¿Por qué gimes?— Dice de pronto con una dulzura que me asombra. —¿Por qué te dueles y atormentas? ¿No te has dado cuenta de que ya no existes?
—Dolor.— Vuelvo a tocarme la cabeza.
—Pero si ya no hay dolor, ni carne ni heridas. Solamente recuerdas y vives el sueño de lo que fue. Descansa.
Me confundo. De súbito llega a mí el recuerdo del momento exacto en que veo partir mi cuerpo, vacío de mí, dentro de la ambulancia. ¿Dónde quedó la herida? ¿Dónde la carne? ¿Dónde la frontera de mi existencia? Toco mi sien y descubro que ya no sangra. Quizá he sido yo quien decide hacerla sanar, quien se salva.
—No vives, sólo recuerdas. Te esclavizas en tu propia añoranza. Penas, pero perteneces a tu propia luz. Haz tu luz. Ilumina tu propia senda.
Súbitamente me doy cuenta. No estoy desnudo, porque no estoy. No percibo el frío, porque nada puedo sentir. Vivo en la penumbra, porque sombra soy. Las sombras no sangran, no se duelen, no conocen de añoranzas; solamente se diluyen con el arribo del alba, tal cual si la luz limpiara hasta el último recoveco de nostalgia. Veo por fin con claridad y, con ello, construyo mi propio escalón de pase directo al cielo.
—Ve a la luz— Repite la mujer y ahora todo me queda tan claro. —Ve a la luz. Encuentra en éste final tu próximo principio.
Camino para nunca más volver atrás, ni mirar los tiempos idos. La brecha frente a mí presagia un camino sin retorno a donde no quiero volver más. No vivo, ni escucho, ni recuerdo, sólo me fundo con la luz. Camino hacia la luz... Camino hacia la luz... Transmuto por fin en luz. Olvido. Me vuelvo estrella.
Besos y abraxos.
Publicado por: Ericka_Villegas
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Jun 01 , 2007 9:18 am |
[ Estado de Humor: Enamorada ]
Las tardes lluviosas acostumbran a jugar bromas pesadas.
El fulgor de un relámpago cercano la hizo volver en sí. Loló se estremeció al tomar de nuevo conciencia de sí misma y percatarse de que tenía frío; apenas le concedió importancia y regresó a su contemplación. Su mano diestra estaba sosteniendo la cortina mientras la izquierda y su nariz, rozaban el cristal de la ventana con ternura, como queriendo consolar la tarde. ¿Cuánto llevaba así? Ella misma no lo sabía con certeza. Miró el viejo reloj de pared del estudio y calculó que podría ser poco más de una hora, desde el inicio de la tempestad.
Poco quedaba ya de la furiosa tormenta de hacía sólo unos minutos; una ligera y pertinaz llovizna barnizaba el ocaso con una suavidad de caricia. El cielo, tras su furia desatada, se congraciaba así con la tierra. Algunas gotas se pegaron y resbalaron lentamente por la superficie del cristal, asomándose al interior del estudio. —Ellas y yo nos contemplamos mutuamente—. Dijo Loló con voz queda —La tristeza propia gusta de la melancolía ajena como Narciso de los manantiales. Esta mañana hubo sol y después llanto; también yo tuve amaneceres felices y ahora lluevo—. ¿Quién, que me mirara desde afuera, podría distinguir entre las gotas de lluvia y mi tormenta interna? Es como si llover, me colocara una máscara de realidad. Y fue entonces cuando comenzó a recordar.
Se vio a sí misma en las tardes de un abril lejano, corriendo sobre las aceras, jugando a que la hierba era una patria a la que era preciso volver. Se recordó, una vez en el jardín, tumbada al abrigo de los chopos, embriagándose de brisa y vida; tarareando melodías escuchadas de paso en su veloz carrera por la plaza. Entonces lo vio por primera vez y las canciones se congelaron en su boca.
Ulises era un hombre mayor que ella, joven aún, le pareció que no tenía edad, como un anacoreta. Sus ojos mostraban la melancolía de quien muchas veces ha tenido que decir adiós y, al mismo tiempo, la calidez, como quien con frecuencia otorga y recibe bienvenidas. Nunca antes le había visto. Loló conocía y era conocida por todo el barrio y, sin embargo, su figura vagabunda escapaba a su recuerdo. Sus gastadas suelas, su barba descuidada y sus prendas polvorientas convertían al desconocido, para ella, en un profeta forjado en el desierto para las magnas obras divinas.
Loló sintió encenderse sus mejillas cuando sus miradas se encontraron. Ella creyó entender que con los ojos delataba su fascinación. Él, sin dejar de mirarla, sentado como estaba, en la banca de metal a escasos 5 metros de ella, levantó el mástil de su guitarra a manera de saludo y sus dedos comenzaron a ejecutar la danza de la música sobre el firme diapasón del instrumento.
Aquella canción hablaba de amores, de la delicia que una voz femenina producía en el corazón de un hombre con sus delicadas vibraciones y de las proezas que el autor era capaz de lograr por atesorar para sí la fuente de ese milagro gutural.
Loló cantaba en baja voz y se imaginaba que los papeles se invertían. Ella también era capaz de muchas cosas con tal de capturar a un ave. Con sus propios brazos le tejería una jaula y le alimentaría con el néctar de sus labios. Soñaba despierta como cuando, menor aún, devoraba historias infantiles en libros multicolor de fantasías.
La canción terminó y ella se ruborizó de nuevo, y es que, durante todo el canto no pudo dejar de contemplar al hombre y él lo había notado. Se levantó, dejó la guitarra recostada en el respaldo de la banca y caminó hacia ella. Loló no atinaba a levantarse y huir, lo cual era su deseo. Ulises llegó, le tendió la mano para ayudarla a incorporarse, la miró a los ojos y sonrió.
Contemplar en su recuerdo esa sonrisa franca en el rostro de la melancolía le complació. —Debió ser él quien le enseñó ese arte de hechicería a la tarde—. Volvió a musitar y de nuevo se rindió a la memoria.
Ella tomó la mano delgada pero firme que le había sido tendida y se paró de un salto. Si a la distancia Ulises le causaba turbación, mirándolo de cerca se olvidó de ella. Sonrió y se presentaron.
—Estoy seguro—. Dijo él. —de que algunas veces, para los elegidos, el nombre de pila representa un sino. Yo, por ejemplo, también soy un guerrero errante. Me gusta pensar que como el mítico Ulises Odiseo, los motores de mi vida son, un gran amor y el capricho de los dioses; ambos me llevan a recorrer el mundo, a enfrentar y vencer constantemente tribulaciones en interminables viajes.
—¿Y qué es el amor?—. Replicó ella. —¿Qué son los dioses? ¿Conoces acaso tu propio amor y tus deidades tutelares, o sólo los intuyes?
Ulises la llevó a la banca donde aguardaba la guitarra, la tomó y, sentado junto a ella reanudó su canto. Conocía muchas canciones colectadas a lo largo de su errante vida. Le dijo que los hombres describen al amor a imagen y semejanza de ellos mismos y su medio, de tal suerte que el amor es fuego en la costa mientras que es calma en los valles fértiles de tierra adentro.
—Aún sin saberlo, pero para todos los hombres y mujeres, en todos los lugares, Dios y amor son una misma cosa. Yo he conocido muchos amores y muchos dioses, mejor dicho, he procurado verlos a través de los ojos de quien los vive, por eso he aprendido miles de canciones, poemas e historias. Sin hacerlo físicamente, es como si a lo largo de mi vida hubiera sido muchos hombres y vivido las delicias del amor en muchas pieles propias.
—No lo sé de cierto aún—. Continuó. —Porque todavía no llego tan lejos, pero creo que en los polos el amor es blanco como los glaciares.
—Y entre los antiguos mexicanos—. Interrumpió ella divertida. —El amor debió ser del color del misterio. ¿Cierto?
—El amor misterio vine a conocerlo en el fondo de tus ojos negros. Me dejaría, complacido, arrancar el corazón en tributo a tus deidades.
Intentó besarla, pero ella rehusó.
—A veces pienso—. La expresión de Loló pasó del desconcierto a la serenidad reflexiva. —que el amor es un poco todo, todos, de todo y de todos. Tienes razón, debe ser Dios.
—El amor es la maquinaria de un reloj en el que todos, incluidos nosotros no somos sino pequeñas piezas del mecanismo; somos, dioses, el reloj mismo porque colaboramos en su funcionamiento—.
Tomó la mano de ella, le acercó de nuevo los labios a los suyos y casi al roce continuó —Es imprescindible que, estas piezas que somos, se agrupen correctamente, con precisión milimétrica, porque el Todo que formamos es Dios y es el Amor. Somos pedacitos de Dios. Los engranes en una maquinaria de reloj deben unirse para hacerlo funcionar en armonía.
No hubo respuesta, pero ésta vez, sí un largo beso.
A partir de ese momento contaba los minutos que la separaban de las tardes en el parque. Soñaba con él por las noches e imaginaba que ella era Penélope; Largos años había esperado a qué su héroe cumpliera su travesía en tierras lejanas y ahora estaba aquí, para reunirse al fin con ella.
A la misma hora y en el mismo lugar aparecía Ulises cada día. Con la guitarra a cuestas la tomaba de la mano y caminaban, ya charlando o jugueteando sin rumbo fijo. No había mundo, ni deberes para Loló a quien sus amigas del colegio extrañaban. Ya no jugaba en el receso escolar, sino que en su libreta escribía misterios que nadie conocía, poemas que Ulises convertiría en canción. Ya no era una niña del grupo. Sentía como los frescos botones de su corazón se transformaban, cada uno, en pétalo, toda una flor.
Ya no pensaba en Edmundo, el muchacho que, de tiempo atrás, la pretendía. Era, un par de años mayor que ella, un niño, tan pequeño, tan frágil, tan sedentario, tan... común. Buena persona, sí, a veces incluso encantador, pero carecía de alas, de destino. No hablaba nunca para revelar arcanos profundos como Ulises. No podía recordar el significado de su nombre, y tampoco algún Edmundo célebre entre sus conocimientos de historia o literatura. Le parecía imposible concebir que fuera él quien alguna vez agregara trascendencia y glorias futuras a su nombre.
Edmindo notó el distanciamiento de Loló. La amaba desde que tenía memoria y en un tiempo casi se sintió correspondido; bueno, si de una sonrisa amable y el privilegio de su compañía al salir de clases podía desprenderse tal conclusión. Ahora estaba desesperado porque el sueño tanto tiempo acariciado de amor, parecía romperse al final y diluirse al viento. No estaba consciente ahora de ello, pero estaba cercano el tiempo en que cobraría revancha.
Pronto se enteró del verdadero motivo de que Loló se alejara. Supo —Y es que las noticias son como las hojas de otoño, se dispersan con ligereza a la velocidad de la brisa—. de la existencia de Ulises, del amor inocultable que Loló le profesaba, y decidió convencerse por sus propios ojos.
Atisbando detrás del grueso tronco de un árbol en el jardín de las citas, los vio acercarse. Tomados de la mano vivían su propio tiempo, en un planeta análogo al del resto de la comunidad. Ella reía y su felicidad la coronaba con un halo que Edmundo nunca le había visto antes. Era una reina, estaba más hermosa que nunca y el gusanito del despecho royó de su corazón.
Era la hora en que caía la tarde y el jardín se hallaba casi vacío, sólo quedaban los enamorados y su furtivo espía. Creyéndose solos, los amantes fueron a resguardarse de alguna eventual mirada indiscreta detrás de una pequeña colina, junto al claro lago artificial, ahí se recostaron en la hierba. Todo se mantenía en calma, el silencio, roto apenas por sus pasos, sus susurros y el canto de los grillos, era toda una invitación a la osadía. Ulises, por primera vez le acarició los muslos desnudos bajo la falda y ella no rehusó; correspondió con un beso en los labios y un abrazo a la cintura que culminó en el roce de sus dedos a las nalgas de él. Entonces Ulises la recorrió con sus manos, y no tierna, sino ávidamente. Su cuerpo era un mensaje braile que se había propuesto descifrar. Loló comenzó a experimentar un extraño calor en el estómago que pronto se propagó al pecho; comenzó a hervir por dentro en justa proporción en que aumentaban de tono las caricias que Ulises le prodigaba. El ardor pronto llegó a todas las partes de su cuerpo. Vibraba, gemía y sentía que en la juntura de sus piernas alguna deidad desconocida despertaba y exigía tributo.
Ya no un gusanillo roía el pecho de Edmundo; un águila voraz le desgarraba inclemente las entrañas. Rojo de furia, despecho y excitación crispó sus puños. No podía creer que el objeto de su eterna veneración permitiera que así la mancillaran. Lloró, su castillo de naipes sucumbía y por primera vez fue consciente de su fragilidad. Hubiera querido interrumpirles, golpear al intruso y recibir el amor de ella por haberla rescatado del dragón que burlaba su honra, pero, ella no parecía sufrir un ataque y, concluyó que cualquier intervención suya tendría un final desafortunado.
Ulises se despojó de su camisa y desabotonó sus pantalones. La blusa de ella cedió al embate de la pasión y, ya sin barrera alguna para sus ansias, el torrente se desbordó. Fornicaron como jaguares en medio de la selva. Pecaron de amor. Sus caderas, en movimientos frenéticos disputaban el mismo espacio con rabia, como el último madero flotante en un naufragio. Gemían, rasguñaban, mordían tal y cual si se devoraran. No les quedaba, después de un tiempo, ningún recoveco en el cuerpo intacto. Explotaron todos los astros dentro de sus cuerpos y después quedaron inertes. A Edmundo le pareció que perdían el conocimiento y se dejó caer de rodillas, aferrado aún a su escondite. Sus manos se habían lastimado con el tronco, y es que lo había apretado con furia. Manchas de sangre estaban incrustadas en su superficie y le salpicaban también la ropa. Él no se percataba de nada, sólo existía ese, su propio ardor en el pecho que nada tenía en común con el que habían sentido los amantes.
Se limpió las lágrimas groseramente con el dorso de su mano herida manchando su cara de tierra y sangre. Salió del parque y tomó un rumbo determinado; sabía lo que tenía que hacer y donde esperar. La noche, perversamente entenebrecida de bruma era su cómplice. Comenzó a llover.
Ahora, años después, Loló volvió a sentir aquel aguijón punzante tras lo sucedido aquella noche e instintivamente se llevó las manos al pecho, cerró los ojos y rememoró.
Llegó a casa empapada, pero con una extraña felicidad que le corría por las venas. Durante las horas pasadas, ella y su amado habían sido engranes de reloj que, insertados uno en otro, completaban un mecanismo perfecto. Aún podía sentir su tacto en toda la piel, en medio de sus piernas y las cerró con fuerza guardando ese agradable calorcillo. Olía a él, todo en su derredor desprendía su aroma. Tenía la sensación de su aliento en el paladar y sus roncos gruñidos de fiera en celo aún le resonaban en los oídos.
Asomó a la ventana para contemplar el chipi chipi que ponía fin a la lluvia y vio la silueta de Ulises de pie, frente a su ventana. Estaba empapado. Ella le sonrió, le mandó un beso con la mano y después la agitó en señal de saludo. Él repitió sus movimientos, pero con un sentido extraño. No parecía saludarla, sino que se despedía. Fue entonces cuando ella notó que Ulises llevaba un bulto sobre el hombro izquierdo y su guitarra colgada en el derecho. Dio medio vuelta y se fundió con las sombras al fondo de la calle.
Ella salió tras él a toda prisa y echó a correr en el rumbo que le vio tomar. Un presagio le atenazaba el corazón. Corrió y corrió primero a la colina del jardín, después al hostal en el que su amado se hospedaba. Supo por el dueño que Ulises acababa de liquidar su alojamiento y se iba de la ciudad. ¿Dónde buscarlo? ¿En la estación de tren? ¿En la terminal de autobuses? ¿En alguna carretera pidiendo aventón? No lo sabía y se resignó a lo inevitable.
Cerró la cortina, no quería seguir recordando. Permaneció en el mismo sitio, pero ya no mirando a la calle, sino a la tela que ahora la cubría.
—Tal vez de aquí viajó hacia Biafra—, Se dijo con sorna. —para saber si su dios tutelar estaba tan famélico como su amor. No cabe duda de que para los elegidos el nombre es sino, como lo fue y es para mí el mío: Dolores.
Un abrazo por la espalda la sacó de sus cavilaciones. Giró sobre sí misma y recibió un beso en la frente. Edmundo le tomó las manos y con voz suave y cariñosa le dijo:
—¿Otra vez soñando, amor? No cabe duda de que me he casado con la imagen viva y más hermosa de la contemplación.
Ella sonrió sin responder, se liberó de su abrazo y caminó a la cocina.
—Debes venir cansado. Ahora mismo pongo el café.
Él se dejó caer en un sofá, tomó rutinariamente de la mesa de centro su vieja pipa y, después de colocarle tabaco, la encendió y fumó mientras hojeaba con desparpajo un diario.
Dolores preparó la cafetera y ésta comenzó su labor liberando al delicioso aroma del grano molido. Tiempo después de que Ulises se había ido, Edmundo le confesó su atisbo de aquella noche y lo que sucedió después.
Tal y como lo esperaba los vio llegar juntos a casa de ella. Loló lo despidió con un largo beso en el portal y luego lo miró partir. En la esquina, Edmundo salió al paso de Ulises, lo tomó por los hombros, y con una voz acre le espetó:
—Tenemos que hablar.
—¿Tú y yo?—. Respondió Ulises con desdén. —¿Sobre qué? Apenas y te conozco.
Edmundo lo asió por las solapas, le clavó la vista en los ojos y añadió
—Sobre lo que hiciste hoy en el parque con Loló. Lo he visto todo.
—Ah, eso—. Ulises sonrió socarronamente y de un movimiento retiró de sí las manos de Edmundo.
—¿Envidia?—. Añadió
—Desprecio por ti ¿Qué harás ahora? Ella es menor de edad ¿Lo sabías? Es un delito hacer con una menor lo que hiciste con Loló.
—Eso —. Ulises recargó repetida y fuertemente su índice derecho contra el pecho de Edmundo. —Es asunto de ella y mío. A nadie más le interesa.
—A mí me interesa y, si no te largas ahora mismo de la ciudad, te denunciaré, primero con sus padres y ellos sabrán que hacer. ¿O qué?— Reanudó —¿Piensas casarte con ella?
Ulises nada contestó, lo miró, retador por unos instantes y se fue sin decir más.
Un largo y monótono silbido le avisó a Dolores que el café estaba listo. Preparó una taza y se dirigió, solícita hacia su esposo.
¿Por qué había decidido casarse con él? No le quedaba claro. Lo único que sabía es que, tras su confesión, Edmundo se lo había propuesto y ella sólo se encogió de hombros. Después de la partida de Ulises no tenía mucho que ganar o perder. Le hubiera gustado tenerlo con ella por lo menos una vez más. A veces, cuando dormía le parecía que él volvía a poseerla en sueños y era casi como vivirlo de nuevo.
Edmundo terminó su café y se levantó. Tomó a su esposa del brazo y caminaron así a la recámara. Él se desvistió con parsimonia y mientras tanto, Dolores contempló su faz en el espejo. Encontró que poco quedaba ya de la belleza de Loló. Siendo ella, ya no era la misma. Era... como su propia madre, como si hubiera soñado que alguna vez fue una pequeña llamada Loló. Quizá ahora mismo soñaba que era una mujer mayor: Doña Dolores. Mañana despertaría, sí, entonces ella reiría de su absurdo sueño y se lo contaría en detalle a Ulises. —¿Puedes imaginarme a mí —le diría asida de su brazo —casada con Edmundo?— y ambos se divertirían con el absurdo. —Así es, tiene que ser así— pensó —Porque en éste árido letargo he aprendido que sólo los jóvenes tienen derecho a soñar—. Le gustó la idea, la acarició con esperanza, pero bien sabía que estaba presa de esa irremediable realidad.
Edmundo se metió en la cama. Ella se acurrucó junto a él, le tomó la cara dulcemente con ambas manos y le acarició con sus labios los párpados cerrados. Nunca tuvieron hijos y ella le prodigaba a él todos los cuidados propios de sus afanes maternos. Aún le parecía, como siempre, frágil, extremadamente pequeño y sedentario, pero, a su modo, encantador.
Al cabo de poco tiempo, Edmundo dormitaba. Dolores se retiró creyéndolo profundamente dormido y él, al sentir el movimiento, en voz baja y sin abrir los ojos preguntó:
—Loló ¿Me quieres?
Ella permaneció un instante en silencio y en sus ojos se quedó suspendida una lágrima. Volvió a su posición junto a Edmundo, le besó los párpados y con una sonrisa trémula, le dijo como a un niño pequeño en un tono no desprovisto de ironía:
—Tonto, bien sabes que tú eres y siempre serás para mí el único hombre que me ha robado el sueño.
Besos y Abraxos
Publicado por: Ericka_Villegas
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May 31 , 2007 10:08 am |
[ Estado de Humor: Enamorada ]
Mmmmmmm, pues sí, bien dicen los escritores que no existe dilema mayor que enfrentarte a una hoja en blanco, y es que, aún cuando me considero una mujer muy parlanchina y cuando desde hace tiempo tenía ganas de contar con un diaro, pues hoy que lo tengo y deseo estrenarlo, simlplemente no sé bien a bien qué decir.
¿De transición? Noooooooooo ¿Para qué? Mi asunto es algo tan viejo y tan común en este foro, que ya no viene mucho al caso hablar sobre mi conflicto existencial de la infancia, ni de cómo descubrí que podía transicionar, ni mucho menos sobre las hormonas ni cómo me ha ido con ellas... Ahora que lo pienso... ¡Quizás!... Quizás en otro momento pueda tener la disposición de hablar sobre cómo inicié mi proceso... Pensándolo bien, es una historia interesante, divertida y casi mágica (¿Recuerdas, mi querida Dennysse?) Casi como obra de encantamiento, ¡Sortilégica!... Pero definitivamente, como dijera Michael Ende:
Eso es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión
. A veces, las anécdotas son como los orgasmos: Si los fuerzas, no saben igual.
¿Quién soy? Podría resultar un buen tema: ¿Edad? ¿Género? ¿Orientación sexual? ¿Profesión? ¿Actividades? ¿Ideología? Mmmmmmmmmm, excepto que, para quien se haya tomado el tiempo de recorrer los foros de este mismo espacio: www.disforiadegenero.org, esa es una historia harto conocida, debido a que suelo vertirme en cada opinión a tal grado que a veces temo quedar tan desnuda que puedan verse mis costillas, la totalidad de mis huesos, mis venas, órganos, tejidos inernos y carnes varias... Incluso la parte más ínitima, recoveca (creo que acabo de transgenerizar la palabra) y vulnerable de todo mi ser: El corazón.
Además... ¿Tendría caso que me tirara una larga perorata sobre mí misma aquí y ahora? En todo caso, prefiero presentarme de manera personal (al menos hoy) al calor de un café, o al frío de una chela y al deleite de una buena charla.
El caso, en resumen, es que me doy cuenta de que las ironías literarias a veces nos juegan malas pasadas: Heme aquí, con una hoja que ya no está en blanco y sin embargo no he dicho nada excepto divagaciones. Quizás, para salvar la ocasión, merezca la pena cumplir con el protocolo y hacer, ultimadamente, lo que aquí se acostumbra:
Hola que tal, yo soy Ericka Villegas y he aquí que me presento ante ti ¿Cómo estás? ¡¡Bienvenida, bienvenido o bienvenide a Planeta E.V.!!
Besos y abraxos.
P.D: Por cierto ¿Alguien puede decirme como le cambio las cortinas a esta habitación?
Publicado por: Ericka_Villegas
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